Una discusión sobre aborto, autonomía, vulnerabilidad y la diferencia entre nacer y haber tenido una buena vida Hace unos días vi una publicación que planteaba un comentario bastante provocador contra el aborto: “no conozco a nadie que desee no haber nacido”. Acompañado de un texto jocoso con reacciones de la generación z aludiendo que la mayoría no estaría descontenta con la idea de no nacer e insinuando también la presencia de pensamientos suicidas. La publicación estaba acompañada por comentarios que discutían la idea de que una persona que existe debería sentirse agradecida por eso, incluso cuando las circunstancias que rodearon su nacimiento fueron difíciles. Entre los comentarios apareció una discusión que terminé teniendo con alguien llamado Ethan. Su postura, resumida, era que existen muchas otras maneras de prevenir el suicidio y que terminar una vida antes de que esa vida pueda terminarse a sí misma no constituye un argumento válido a favor del aborto. También planteaba que, si una persona sabe que no puede permitirse tener un hijo, simplemente debería evitar tener relaciones sexuales. Como ejemplo, mencionó a sus propios padres: según él, ellos tampoco estaban en una situación particularmente favorable cuando tuvieron hijos, pero siguieron adelante, hicieron sacrificios y consiguieron criarlos. Lo increpé sobre cómo estas situaciones de vulnerabilidad que rodean a una persona gestante como a la vida que está gestando pueden influir significativamente en la probabilidad de acciones y pensamientos suicidas, incluso provocar que la vida gestada hubiera deseado “nunca haber nacido”, por lo que el aborto es una herramienta para evitar revictimizar a personas que ya están siendo vulnerables. Que evitar embarazos no deseados podría también evitar niños criados de formas indeseables. Pero Ethan, obstinado, insistía con que entonces debía buscarse herramientas para prevenir el suicidio, no promover el aborto. Internamente mi primera reacción fue pensar en algo que escuché hace años de mi madre. Ella siempre prefería hablar de “pro-elección” antes que de “pro-aborto”, y alguna vez dijo una frase que se me quedó grabada: “Un niño que nace en un hogar que no lo ama, es abortado todos los días.” No lo decía literalmente. Un niño que sufre negligencia, violencia o rechazo no está siendo abortado biológicamente. Era una forma de expresar una paradoja: si consideramos el aborto como una de las mayores formas posibles de violencia contra una vida inocente porque impide que esa vida continúe, ¿qué ocurre cuando esa vida continúa, pero después es sometida durante años a un entorno que la rechaza, la descuida o le hace sentir que nunca debió haber existido? Y de ahí surgió mi argumento. Cuando pensé en la publicación original, mi primera asociación fueron todas esas personas que alguna vez dijeron: “Ojalá no hubiera nacido.” Eso no necesariamente significa: “Quiero matarme.” Hay una diferencia conceptual importante. Una persona puede estar cansada de vivir y desear morir. Pero también puede querer seguir viviendo y, al mismo tiempo, pensar que habría preferido no haber sido introducida en la vida que tuvo que experimentar. No necesariamente odia la existencia. Puede odiar aquello que vivió. Puede pensar: “No quiero morir. Simplemente desearía no haber tenido que pasar por todo esto.” Esa distinción fue importante para mi argumento porque el suicidio, en ese contexto, no era el punto de partida de mi razonamiento. Era el extremo de una trayectoria de sufrimiento. No estoy diciendo: “Hay personas suicidas, por lo tanto deberíamos abortarlas antes de que nazcan.” Eso sería una conclusión completamente diferente y, además, monstruosamente simplista. Lo que estoy diciendo es: Hay personas que nacen en circunstancias extremadamente adversas. Algunas desarrollarán, como consecuencia de múltiples factores, sufrimiento psicológico profundo. Algunas llegarán incluso a perder completamente la esperanza respecto de su propia vida. Si existe una herramienta que permite evitar determinados nacimientos que ocurrirían precisamente bajo circunstancias de vulnerabilidad extrema, esa herramienta puede funcionar como una forma de prevención mucho antes de que aparezcan esas consecuencias. No significa que toda persona pobre vaya a sufrir depresión. No significa que toda persona nacida en una familia disfuncional vaya a odiar su vida. No significa que una infancia difícil determine el futuro de alguien. Pero tampoco podemos fingir que las circunstancias de nacimiento no tienen ninguna importancia. Él respondió mencionando a sus propios padres. Sus padres, según explicó, tampoco tenían una situación favorable cuando tuvieron hijos. Sin embargo, encontraron la manera de salir adelante y criar a sus hijos. Mi respuesta sería: Me alegra muchísimo que sus padres hayan podido hacerlo. Pero que ellos hayan conseguido superar sus dificultades no demuestra que todas las personas puedan hacerlo ni que todas están moralmente obligadas a intentarlo bajo cualquier circunstancia. Y hay otra cuestión que me parece particularmente importante: Ethan hablaba de sus padres como si ambos hubieran enfrentado la misma consecuencia. No es así. Cuando hablamos de una pareja cis heterosexual, por ejemplo, podemos decir que ambos pueden asumir responsabilidades económicas, emocionales o posteriormente parentales. Pero el embarazo no atraviesa ambos cuerpos. El hombre puede acompañar a su pareja. Puede trabajar. Puede aportar dinero. Puede cuidar. Puede estar presente. Puede ser un padre maravilloso. Simpatizar. Pero no puede compartir físicamente el embarazo. La mujer es quien lleva la gestación durante aproximadamente nueve meses. Es su cuerpo el que cambia. Es ella quien enfrenta los riesgos físicos del embarazo y del parto. Es ella quien atraviesa la recuperación. Y si la relación termina, si la pareja abandona la situación o si el hombre decide no involucrarse, el embarazo sigue ocurriendo dentro de ella. Por eso siempre me resulta extraño cuando alguien utiliza como argumento: “Mis padres tuvieron dificultades y aun así siguieron adelante.” Porque ese ejemplo puede describir perfectamente la capacidad de una familia concreta para superar obstáculos, pero no convierte la experiencia del embarazo en una experiencia simétrica. Además, cuando miramos las estructuras familiares reales, sabemos que los hogares monoparentales están ampliamente encabezados por mujeres, particularmente en América Latina. Las cifras exactas varían según la definición y la fuente, pero el patrón es claro: cuando la crianza termina recayendo sobre un solo progenitor, la mayoría de las veces ese progenitor es la madre. Entonces resulta bastante extraño hablar de la reproducción como una “consecuencia” que simplemente cae sobre ambos por igual. La realidad es mucho más desigual. Este fue uno de los puntos de Ethan que más me llamó la atención. La idea era aproximadamente: “Si estás en una posición vulnerable y sabes que no puedes permitirte tener un hijo, entonces no te arriesgues y evita tener relaciones sexuales.” Y aquí creo que aparece una cuestión que va más allá del aborto. Porque esa afirmación, llevada hasta sus últimas consecuencias, convierte la sexualidad en una especie de privilegio económico, capitaliza la sexualidad La conclusión sería: Si tienes suficiente estabilidad económica para afrontar un embarazo accidental, puedes tener sexo. Si no tienes suficiente estabilidad económica para afrontar un embarazo accidental, deberías abstenerte. ¿Desde cuándo el derecho a experimentar placer depende de la capacidad económica para reproducirse? Una persona que vive en condiciones de pobreza sigue teniendo deseo sexual. Una persona que carece de estabilidad sigue pudiendo necesitar afecto, intimidad, contacto físico, placer y conexión. Y una persona que vive en una situación marginal puede incluso encontrar en el sexo una de las pocas experiencias de placer o conexión que tiene disponibles. Eso no significa que el sexo sea necesariamente saludable en todas las circunstancias ni que cualquier mecanismo de escape sea bueno. Pero sí significa que la precariedad no convierte automáticamente el placer en algo que una persona deba abandonar hasta que consiga mejorar su situación económica. Salir de la pobreza puede llevar años. Salir de una situación de violencia puede llevar años. Conseguir educación puede llevar años. Conseguir vivienda, estabilidad laboral y acceso adecuado a la salud puede llevar años. ¿Durante todo ese tiempo una persona debería renunciar a su sexualidad porque existe una posibilidad imperfectamente evitable de embarazo? No me parece razonable. Esta cuestión me parece tan obvia que a veces resulta extraño tener que explicarla. Los seres humanos inventamos anticonceptivos precisamente porque descubrimos que el sexo no es exclusivamente una herramienta para fabricar bebés. Si tener relaciones sexuales implicara automáticamente consentir la reproducción, ¿para qué necesitaríamos preservativos, anticonceptivos hormonales, dispositivos intrauterinos, vasectomías, ligaduras y todos los demás métodos que hemos desarrollado? Los anticonceptivos existen porque las personas pueden querer tener relaciones sexuales sin querer tener hijos. Y, por supuesto, ningún método anticonceptivo es absolutamente infalible. Entonces podemos tener perfectamente esta secuencia: “No quiero tener un hijo.” “Por eso utilizo anticonceptivos.” “El anticonceptivo falló.” “Sigo sin querer tener un hijo.” No existe una contradicción lógica ahí. “Pero utilizar anticonceptivos no significa que el aborto sea moralmente correcto. Una persona puede aceptar que el sexo no equivale a consentir un embarazo y aun así considerar que, una vez que el embarazo comenzó, ya no debería permitirse abortar.” Y tendría razón en una cosa: los anticonceptivos por sí solos no demuestran que el aborto sea moralmente correcto. Pero mi argumento tampoco pretende demostrar eso. Lo que demuestran es algo más limitado: tener sexo no puede interpretarse automáticamente como consentimiento irrevocable a la reproducción. El verdadero desacuerdo aparece después: ¿qué derechos tiene la persona gestante cuando el embarazo ya existe? Ahí es donde empieza la verdadera discusión sobre el aborto. Creo que este es uno de los errores centrales del argumento de “tuviste sexo, así que aceptaste tener un hijo”. Aceptar un riesgo no significa necesariamente consentir el resultado de ese riesgo. Si conduzco un auto, acepto que existe la posibilidad de tener un accidente. Eso no significa que, si tengo un accidente, haya consentido todas las lesiones que pueda sufrir o no vaya a tener un seguro para aminorar los gastos materiales. Si consumo un alimento, acepto que existe una posibilidad de intoxicación. Eso no significa que, si me intoxico, haya consentido permanecer enferma sin tratamiento. Mi ejemplo original era el azúcar: Comer azúcar puede aumentar el riesgo de tener caries, pero nadie considera que por haber comido azúcar una persona haya renunciado a tratar las caries cuando aparecen. El principio es el mismo: Aceptar un riesgo no equivale necesariamente a renunciar a las herramientas disponibles para afrontar sus consecuencias. Tener sexo puede implicar aceptar que existe un riesgo de embarazo. Pero eso no demuestra que la persona haya consentido irrevocablemente continuar ese embarazo. Cuando utilicé la expresión “capitalizar el sexo”, quizá no me expliqué bien inicialmente. Por lo que me voy a extender en este punto para dejarlo claro. No me refería a obtener dinero del sexo. Me refería a la idea de que el sexo termina convirtiéndose en una actividad cuyo acceso queda condicionado por la capacidad económica de reproducirse. Si me dices: “Solo tengas sexo si puedes permitirte tener un hijo.” entonces, en la práctica, estás diciendo: “Solo las personas que pueden asumir económicamente una reproducción potencial deberían ejercer su sexualidad.” Y eso me parece profundamente problemático. Es parecido a determinadas críticas que escuchamos respecto de las personas pobres: “Yo no le doy dinero a una persona pobre porque se lo va a gastar en alcohol, drogas o algún otro vicio.” Hay que tener cuidado con esa analogía porque una adicción puede producir daños reales y no todo comportamiento utilizado como escape es necesariamente beneficioso. Pero hay una idea que sí quiero rescatar: las personas que viven en condiciones miserables siguen siendo seres humanos que necesitan experimentar placer, descanso y momentos de alivio. No podemos decir: “Primero deja de ser pobre. Después podrás disfrutar.” Porque salir de la pobreza no ocurre mágicamente. Del mismo modo, no podemos decir: “Primero consigue estabilidad económica suficiente para criar un hijo. Hasta entonces no tengas sexo.” Eso convierte la sexualidad en un privilegio condicionado por la situación económica. Y, nuevamente, el sexo no es exclusivamente reproductivo. Hay otro supuesto escondido en el argumento de Ethan: parece imaginar que una persona puede saber de antemano exactamente en qué condiciones estará cuando un embarazo ocurra. Pero la salud mental y las circunstancias materiales no son estáticas. Una persona puede estar económicamente bien hoy y encontrarse completamente devastada seis meses después. Puede perder su empleo. Puede ser abandonada. Puede sufrir violencia. Puede perder a un familiar. Puede desarrollar una crisis psicológica. Puede quedarse sin vivienda. Puede perder su red de apoyo. Puede atravesar un deterioro de su salud. Puede simplemente descubrir que psicológicamente no está preparada para atravesar un embarazo. Y hay algo que a veces se pierde en estos debates: Nueve meses de embarazo no son nueve meses de espera pasiva. El embarazo es un proceso físico y psicológico que ocurre dentro de una persona. No se puede reducir a “Que lo tenga y luego lo de en adopción” Implica cambios corporales, hormonales, emocionales y médicos. Puede tener complicaciones. Puede afectar la salud mental. Y culmina en un parto y una recuperación. Por eso no considero razonable hablar del embarazo como si fuera simplemente: “Bueno, ahora tienes que esperar nueve meses y después vemos.” No es una pausa en la vida de la persona. Es parte de su vida. Desestigmatizar el aborto no significa romantizarlo. No creo que abortar sea una experiencia que las personas busquen por diversión. No creo que sea una decisión trivial. No creo que una persona diga alegremente: “Qué ganas de abortar hoy.” No creo que el aborto deba convertirse en una experiencia idealizada. Lo que creo es que podemos quitarle la demonización sin convertirlo en algo hermoso. Podemos decir: “Es una decisión difícil, pero una persona debería poder tomarla.” Una decisión puede ser voluntaria sin ser deseada. Una persona puede pensar: “No deseo abortar.” y simultáneamente: “No puedo continuar este embarazo.” No existe ninguna contradicción ahí. Porque elegir algo no significa necesariamente disfrutarlo. A veces significa simplemente: “De todas las opciones horribles que tengo delante, esta es la que puedo soportar.” Aquí también quiero hacer una precisión sobre algo que dije anteriormente. No puedo afirmar que absolutamente ninguna persona haya abortado por una razón que otra persona consideraría trivial. Las motivaciones humanas son demasiado diversas para hacer una afirmación universal. Pero sí considero profundamente injusta la caricatura de que las personas abortan porque: “les da pereza criar un hijo”, “no quieren engordar”, “quieren seguir de fiesta”,o simplemente porque “no quieren asumir las consecuencias de sus actos”. Las decisiones reproductivas pueden involucrar circunstancias muchísimo más complejas. Y aunque una razón pueda parecer trivial desde fuera, tampoco creo que el Estado deba convertirse en una especie de tribunal encargado de determinar qué motivos son suficientemente válidos para que una persona pueda decidir sobre su embarazo. También quiero aclarar algo porque considero importante que una postura pro-elección pueda ser intelectualmente honesta. Desestigmatizar el aborto no significa fingir que el feto no existe. Tampoco significa negar que existe vida biológica. Tampoco significa afirmar que el procedimiento jamás tiene consecuencias. Y tampoco significa obligar a alguien a considerar el aborto emocionalmente neutro. Se puede reconocer todo eso y, aun así, sostener: “La existencia de una vida biológica no determina automáticamente que otra persona deba estar obligada a utilizar su cuerpo para mantener esa vida.” Ahí está una de las discusiones filosóficas verdaderamente importantes. No basta con decir: “El aborto termina una vida.” Eso describe un hecho biológico, pero todavía no responde la pregunta moral. Para convertirlo en un argumento contra el aborto necesitamos responder: ¿Qué estatus moral tiene esa vida? ¿Qué derechos posee? ¿Cómo se relacionan esos derechos con los derechos de la persona gestante? ¿Puede una vida tener derecho a utilizar el cuerpo de otra persona sin su consentimiento? Esas son las preguntas difíciles. “Pero esa vida podría haber sido alguien” Sí. Y esa posibilidad tiene peso emocional. Pero también debemos distinguir entre una vida potencial y una persona que ya está viviendo una experiencia concreta. Cuando digo que una persona puede desear no haber nacido, estoy hablando de alguien que existe, que puede recordar, sufrir, evaluar su vida y expresar “Ojalá nunca hubiera tenido que pasar por esto.” El aborto, en cambio, ocurre antes de que exista esa experiencia subjetiva. Por eso me parece filosóficamente tan significativa la frase: “Un niño que nace en un hogar que no lo ama, es abortado todos los días.” No porque literalmente sea cierto, sino porque nos obliga a pensar en qué significa realmente “salvar una vida”. ¿Salvar una vida significa simplemente garantizar que llegue a nacer? ¿O también implica preguntarnos qué condiciones rodearán a esa vida después? No podemos garantizar que una persona vaya a ser feliz. Pero sí podemos reconocer que el entorno en el que alguien nace puede influir profundamente en su vida. Otra cosa que me molestó de la discusión con Ethan es que parecía imaginar un escenario extremadamente específico: Una pareja estable, quizá de clase media-baja, que lleva años junta, tiene relaciones sexuales consensuales sin protección deliberadamente, queda embarazada y después decide abortar porque simplemente no tiene ganas de criar un hijo. Ese escenario existe. Pero no representa la totalidad de las situaciones en las que ocurre un embarazo no deseado. Hay embarazos producto de violaciones. Hay embarazos producto de la coerción. Hay anticonceptivos que fallan. Hay personas sin educación sexual adecuada. Hay relaciones que terminan después de producirse el embarazo. Hay parejas que parecían estables y dejan de serlo. Hay embarazos durante crisis económicas. Hay embarazos durante crisis psicológicas. Hay personas sin red familiar. Hay personas que ya tienen hijos y no pueden asumir otro. Hay embarazos en contextos de violencia. Hay personas que deseaban un hijo y cambian de circunstancias. Y hay personas que simplemente descubren que no quieren ser madres. No todas esas situaciones tienen la misma respuesta moral. Pero no tiene sentido construir toda la discusión sobre aborto suponiendo que todos los embarazos no deseados nacen de una irresponsabilidad deliberada, ni tampoco nos compete actuar como jueces sobre quienes merecen o no ser castigados con un embarazo que no desean. Este punto me parece especialmente olvidado. Podemos hablar de una persona que está perfectamente bien económicamente y decir: “Entonces no tiene motivo para abortar.” Pero ¿qué significa “estar bien”? ¿Tener dinero? ¿Tener una casa? ¿Tener pareja? ¿Tener comida? La salud mental no funciona como una cuenta bancaria. Puede cambiar. Puede deteriorarse. Puede verse afectada por acontecimientos inesperados. Y un embarazo puede formar parte de ese deterioro. No estoy diciendo que el embarazo automáticamente provoque una crisis mental. Eso sería absurdo. Estoy diciendo que la salud mental forma parte de la realidad de una persona y no puede excluirse de una conversación sobre su capacidad para atravesar un embarazo y criar a un hijo. Llegamos finalmente al punto que mi madre me dejó grabado hace años. No considero que decir ser “pro-aborto” sea erróneo, pero termina generando un imaginario mental erróneo en el sentido de pensar que abortar sea algo que debamos celebrar o promover como algo hermoso y gratificante. Interiormente prefiero el término pro-elección. Y para mí eso significa algo bastante específico: Soy pro que la persona gestante pueda elegir. No quiero que el aborto sea obligatorio. No quiero que una mujer que desea continuar su embarazo sea presionada para abortar. No quiero que alguien que quiere ser madre sea convencida de que su situación económica la vuelve indigna de serlo. Quiero exactamente lo contrario: Quiero que tenga capacidad real de decidir. Que pueda continuar el embarazo si quiere. Que pueda interrumpirlo si quiere. Que pueda recibir información médica. Que pueda acceder a anticonceptivos. Que pueda recibir educación sexual. Que pueda recibir apoyo económico y psicológico. Que pueda criar a su hijo si decide hacerlo. Y que pueda abortar si decide no continuar la gestación. La elección solamente es verdaderamente elección cuando existen alternativas. Por eso me incomoda tanto la idea de que una persona tenga que “pagar” por haber tenido sexo. Me recuerda a la forma en que se educa a un niño: “Te dije que no tocaras la decoración de cristal. Ahora vas a recibir un golpe en la mano.” O una mascota: “Arañaste el sillón. Ahora te rocío con agua.” En ambos casos existe una idea de castigo por una conducta previa. Y no creo que la reproducción deba convertirse en eso. “Tuviste sexo.” “Sabías que podías quedar embarazada.” “Entonces ahora no tienes derecho a detener el embarazo.” Eso no es simplemente hablar de responsabilidad. Puede convertirse en una forma de castigo moral por haber tenido relaciones sexuales. Y no creo que una persona deba perder su autonomía corporal como consecuencia de haber ejercido su sexualidad. ¿Y hace doscientos años? Aquí hay una cuestión histórica que considero interesante. Hace cientos de años, las sociedades tenían muchas menos herramientas para intervenir en la reproducción. No existían los métodos anticonceptivos modernos, no existían los procedimientos médicos actuales, no existía nuestro conocimiento contemporáneo sobre gestación, salud reproductiva y salud mental. Una vez producido un embarazo, las posibilidades de intervenir eran muchísimo más limitadas. Entiendo perfectamente que una moral construida en ese contexto haya desarrollado determinadas concepciones sobre la inevitabilidad de la gestación. Lo que cuestiono es seguir tratando esas mismas condiciones como si fueran las nuestras. La medicina cambió. La tecnología cambió. La sociedad cambió. La concepción de la autonomía individual cambió. El conocimiento sobre reproducción cambió. Y las opciones disponibles cambiaron. Que hace doscientos años una persona prácticamente no pudiera decidir qué hacer con un embarazo no significa que esa ausencia de alternativas deba convertirse en una obligación moral eterna. La imposibilidad técnica de una época no es necesariamente una regla ética para todas las épocas posteriores. “Pero que algo sea técnicamente posible ahora no significa que sea moralmente correcto.” Totalmente. La tecnología por sí sola no determina la moral. Que podamos hacer algo no significa automáticamente que debamos hacerlo. Pero sí significa que la pregunta moral cambia cuando aparecen nuevas posibilidades. Si una sociedad puede hacer algo que antes era imposible, tenemos que volver a preguntarnos: “¿Qué deberíamos hacer ahora que esta opción existe?” No podemos responder: “Nunca debió hacerse porque durante siglos no podía hacerse.” En la discusión utilicé una comparación que puede sonar bastante drástica: la de un animal atrapado que se arranca una pata para liberarse de una trampa. No estaba diciendo que un feto sea moralmente equivalente a una extremidad. Mi punto era otro. Un animal que se arranca una pata para escapar de una trampa no lo hace porque disfruta mutilarse. Lo hace porque está enfrentándose a una situación extrema en la que considera que una opción terrible es preferible a otra todavía peor. Eso es lo que intentaba transmitir. Creo que finalmente todo mi argumento se reduce a una pregunta: ¿Qué significa proteger una vida cuando proteger una vida implica obligar a otra persona a utilizar su propio cuerpo para mantenerla? Yo no considero que la respuesta pueda ser simplemente: “La vida es valiosa, por lo tanto la mujer no puede decidir.” Porque la mujer también es una vida. También tiene intereses. También tiene proyectos. También tiene salud física y mental. También tiene derecho a decidir sobre su cuerpo. Y, además, es ella quien va a experimentar directamente el embarazo. Por eso no me parece suficiente decir: “Pero el niño podría haber sido feliz.” Sí. Podría. También podría haber tenido una vida terrible. No podemos saberlo. Pero tampoco creo que sea justo convertir la posibilidad de una vida feliz en una obligación automática para la persona que tendría que gestarla. Esto puede sonar contradictorio, pero para mí es la conclusión natural de todo lo anterior. Quiero mejor educación sexual. Quiero anticonceptivos accesibles. Quiero prevención de embarazos no deseados. Quiero mejores condiciones económicas. Quiero menos violencia sexual. Quiero mejores redes de apoyo. Quiero que una persona pueda criar un hijo sin que la pobreza lo condene. Quiero que nadie tenga que abortar porque literalmente no puede alimentar a otro hijo. Pero mientras esas condiciones ideales no existan, no creo que podamos quitarle a una persona la última herramienta disponible para decidir sobre un embarazo que no puede o no quiere continuar. Y si alguien decide continuar un embarazo en condiciones difíciles y consigue construir una familia maravillosa, me parece fantástico. Pero su éxito no puede convertirse en una obligación para todas las demás personas. Esta es quizá la parte más difícil de mi posición. Ser pro-elección significa aceptar que otra persona puede tomar una decisión reproductiva que yo jamás tomaría personalmente. Puede decidir abortar cuando yo habría continuado. Puede decidir continuar cuando yo habría abortado. Y ninguna de esas decisiones tiene que convertirse en una declaración universal sobre qué debería hacer todo el mundo. No necesito pensar: “Todo aborto es bueno.” Necesito pensar: “No considero que mi opinión sobre el embarazo de otra persona deba sustituir su capacidad para decidir.” Y esa es la diferencia que mi madre me enseñó cuando prefería decir “pro-elección”. No se trata de amar el aborto. No se trata de pintar el aborto con lentejuelas y brillantina. No se trata de fingir que no existe una vida biológica en desarrollo. No se trata de decir que toda vida difícil es una vida que no merece existir. Y tampoco se trata de creer que toda persona que aborta está tomando una decisión emocionalmente sencilla. Se trata de reconocer algo mucho más básico: Una persona puede encontrarse frente a dos opciones que le resultan dolorosas y tener derecho a decidir cuál está dispuesta a afrontar. A veces continuar un embarazo será la opción elegida. A veces abortar será la opción elegida. Y a veces ambas opciones serán aterradoras. Pero si hay alguien que necesariamente tendrá que vivir las consecuencias físicas, psicológicas y sociales de esa decisión, creo que esa persona debería ser quien tenga la posibilidad de tomarla. No quiero que el aborto sea un crimen. No quiero que el embarazo sea un castigo. No quiero que el sexo sea un privilegio reservado para quienes pueden permitirse reproducirse. No quiero que la maternidad sea una obligación impuesta como consecuencia de haber buscado placer. Y tampoco quiero que alguien tenga que demostrar ante un tercero que su situación es suficientemente terrible como para merecer conservar el control sobre su propio cuerpo. Quiero elegir. Porque traer una vida al mundo debería ser una decisión, no una condena por haber querido experimentar placer. Y porque, para mí, defender la posibilidad de elegir no significa defender el aborto. Significa defender algo todavía más básico: que la persona cuya vida, cuyo cuerpo y cuya salud están directamente involucrados pueda decidir qué hacer con ellos.Primero: “desear no haber nacido” no es necesariamente “querer morir”
“¿Y si simplemente se puede superar?” Aquí es donde aparece uno de los primeros problemas de la discusión con Ethan.
El embarazo no es una experiencia que se reparta en partes iguales
“Si no puedes mantener un hijo, no tengas sexo”
El sexo no es exclusivamente reproductivo
Un tercero podría objetarme:
¿Aceptar un riesgo significa consentir su consecuencia?
“Capitalizar” la sexualidad
El embarazo tampoco es un simple “resultado”
Segundo: “El aborto no debería presentarse con lentejuelas y brillitos. Es una intervención que termina una gestación y puede ser emocionalmente difícil.”
“Nadie debería abortar por razones triviales”
Desestigmatizar no significa negar la realidad biológica
El error de pensar que todo embarazo no deseado es el mismo
La salud mental tampoco es una constante
Entonces, ¿qué significa para mí ser “pro-elección”?
La gestación como decisión y no como castigo
Mi analogía del animal atrapado
La diferencia entre “proteger una vida” y “obligar a una persona a gestarla”
No quiero un mundo con más abortos. Quiero un mundo con más opciones
Ser pro-elección significa aceptar que no decidiremos por los demás